Como la mayoría de los lectores
del Verde que te quiero Verde son iniciados, practicantes de oficio o ya
versados en el arte de las letras, dejo esta curiosidad que sé aportará grandes
recursos a sus espíritus estéticos y a su producción artística.
Mi relación con el tabaco siempre
ha sido muy distante, y sólo recuerdo una anécdota muy curiosa a la que se le
suma otra en estos días.
Hará unos 25 años atrás tenía un
viaje de placer pendiente a Cuba, y un amigo de bohemia, don Rodrigo Quintana,
me encargó un puro de la isla, no una caja, un solo puro, nunca pregunté la
causa de que fuera uno solo, apenas ahora vengo a preguntármelo. El viaje no se
dio y en cambio por circunstancias imprevistas me veo en una discoteca latina
en Estocolmo bailando El ratón del Cheo
Feliciano. Al final de la juerga con varios amigos llegamos al apartamento de
un conocido titiritero, donde terminamos jugando a las cartas varios objetos
entre discos, libros, una entrada a una función de ópera, una cámara Zenit
rusa, un sombrero de piel de camello de un gitano, y sí, un puro Cohíba Club torcido a la voz de una
lectora de tabaquería leyendo las páginas de Cien años de soledad allá mismo en
Cuba!!!
Una vez con el puro en mi poder,
la verdad es que el azar y la suerte me premiaron con el sombrero de piel de
camello pero terminé cambiándolo por el puro, lo envié por correo a mi amigo don
Rodrigo con una breve y emotiva carta. Después me enteré que en una tarde
cuajada de gigantescas olas de nostalgia rompiendo con fuerza en impasibles y
elevados peñascos de probables buenas nuevas don Rodrigo fumó a placer su puro
y entre lágrimas pegó el sello del cohíba en la carta recibida. Unos pocos años
más supe que a don Rodrigo se le empezó a crecer el corazón hasta que no le
cupo ya en el pecho y abandonó este y otros muchos mundos.
La segunda anécdota es como sigue.
Una amiga bruja me visita sorpresivamente el sábado pasado para hacer un
psicodrama chamánico, es una “terapia” ja ja ja sencilla y simple de realizar,
pero basada en investigaciones y estudios que han llevado años, ya que ella es Doctora
en psicología y sociología aparte que es una estudiosa obsesa y minusiosa de
literatura Américoibérica. El pretexto fue el famoso método de la lectura del tabaco,
se usó para el ritual un Cohiba Esplendido, un néctar super especial de los
dioses caribes llamado ron Havana Club y un cuento de Gabriel García Márquez
titulado “Eva dentro de su gato”.

Narro muy por encima el proceso.
El tabaco ha de ser curao (rezao) mínimo tres días antes, se corta con los
dientes, no con tijera, luego de encendido con un fósforo de madera o brasa, hacia
dentro y no hacia fuera, se empieza a dar tres bocanadas hacia algún punto
cardinal. Escogí empezar por el sur, luego tres bocanadas hacia el norte, y así
con los dos restantes puntos. En caso de que desprenda ceniza se van
depositando en una pequeña bandeja de plata de arriba hacia abajo. Después
mientras se va tomando ron acompasadamente y sin prisa se sigue fumando y leyendo
y comentando sobre lo leído, ocasionalmente la bruja va leyendo sobre la pavesa
y se van haciendo los cortes de ceniza que se depositan en la bandeja. Al final
ella aplasta las cenizas con el pulgar de su mano izquierda y traza una cruz
sobre ellas con el índice de la mano derecha y da una nueva lectura, esta marca
las probabilidades de acontecimientos futuros, como era de esperarse, una racha
de sucesos exitosos, ja ja ja. En cuanto al corazón siempre la brújula marca
hacia el oriente y otras cosas más precisas que me cuesta revelar aquí ja ja ja,
pero que coinciden con la realidad.

Hago un aparte al escrito
anterior para decir que antiguamente los puros cubanos se torcían sobre los
muslos de jóvenes artesanas lo que les daba esa extraña suavidad tan acentuada
y sobresaliente.
Por lo demás aquí dejo el cuento
leído para aquellos voraces aventureros y gozadores de lo sobrenatural en el
arte y que fue la médula del ritual:
Eva está dentro de su gato
por
Gabriel García Márquez
De pronto notó que se le había
derrumbado su belleza que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un
cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo
durante la adolescencia y que ahora había dejado caer —¡quién sabe dónde!— con
un cansancio resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible
seguir soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte
ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre que a la
fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que abandonar la belleza
en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en un rincón suburbano. O
dejarla olvidada en el ropero de un restaurante de segunda clase como un viejo
abrigo inservible. Estaba cansada de ser el centro de todas las atenciones, de
vivir asediada por los ojos largos de los hombres. En la noche, cuando clavaba
en sus párpados los alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer
ordinaria, sin atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo
le era hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su
piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de su
cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos insectos
diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada, diariamente, se
despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una desgarradora aventura
subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se había localizado su belleza
anatómica. En vano luchaba por ahuyentar aquellos animales terribles. No podía.
Eran parte de su propio organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes
de su existencia física. Venían desde el corazón de su padre que los había
alimentado dolorosamente en sus noches de soledad desesperada.

O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a
su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no
habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de
atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que
tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta
la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa
tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto
mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa
misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que
desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a
esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y
embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían
transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura
todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos
habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero
era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a
seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su
estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches
esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia
de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que
había que cortar en forma enérgica y radical.
Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas
calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que
con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una
belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le
hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud
inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando
la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo
desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre
de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el
de cualquier cristiano.

Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que
habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas
las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos
de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido
transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca,
con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla
irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la
transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las
generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta
convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a
ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni
podía soportarse y era amarga y dolorosa... Exactamente como un tumor o como un
cáncer.
En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su
fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo
sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos
microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y
asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un
plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón,
ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.
Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido.
Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa,
se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La
verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría —no, no podría
jamás— sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su
garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel
rincón, apartada del resto del mundo.
Siempre su pensamiento se iba por
los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto
de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese
sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados.
Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de
la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro
de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con
las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando
la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los
caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro,
traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado
cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera
descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa
como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse
solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo
dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía
que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría
por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo
defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus
violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella
tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de
la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre
cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio
convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería
que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo
habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su
sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo
regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se
desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su
pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.

Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila.
Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de
antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus
cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que
en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que
ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo
ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos,
perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa,
insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían
sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su
tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa,
martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía
del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la
sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos.
Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella
atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la
tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían
esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja,
dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un
fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el
olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el
silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella
recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía
llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.
Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría
de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En
aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por encima del miedo. Y por
debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se
le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente,
dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba de-morando el último instante. Sus
manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta
nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror
irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada
en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había
absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si
fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y
lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación
alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.

La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus
dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera
contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba
experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su
belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por
un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se
habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los
insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario
encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si
pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un
golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la
había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente
durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una
tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido
hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su
carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía
comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño
enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora
tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba
ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta.
Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar
hasta la despensa. Pero... ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida
que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre.
¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un
deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal;
cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una
mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y...
Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y
que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban
allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba
incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto
amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba
confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío
desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna
reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía
convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en
ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.

Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no
era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo
misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso
había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a
decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido?
Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran
la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las
cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que
sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre
buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí
misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara.
Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos maliciosos—
sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de
pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable
al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón,
desesperada, llamándola por su nombre.
Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón,
desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el
ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La
intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar
ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser
informado de su transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba—
no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí,
en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable.
En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones.
Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría,
inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de
su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en
la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la
rodeaba.
Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que se había
realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las
modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una
oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría
que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al
saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se
estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si
en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que
murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de
buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más
puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico,
condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo
una salida para llegar hasta su cuerpo.

Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No.
Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un
mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las
dimensiones.
Ahora no tenía que sufrir esos
insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación
elemental, podía ser feliz. Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque
ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho
irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera
vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después
del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir,
siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando
descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa,
en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en
todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De
nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba
sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin
saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su
belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.
Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus
puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué
perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa
podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría
satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio
no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la
necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada
en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había
allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la
casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo
adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería.
Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no
anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era
demasiado tarde.
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Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una
comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo
la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de
un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en
el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría
una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía
para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos
brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su
madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero
no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato,
recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas
y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería
la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al
cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño”
que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato
también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja
con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz
de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato.
Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su
organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente
cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de
comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se
estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo
sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para
llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí
eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.
Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que
sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y
gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura
de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se
encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser
extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de
todas las atenciones... Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que
por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.
Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía
por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la
estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero
no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no
era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos
oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó
por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la
despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los
retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí
en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido.
La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus
trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico?
Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’
en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era
ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto.
Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte
olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.

Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día
en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.